La semana pasada hablé con Pris, una amiga de Ecuador. Que iba a renovar su cédula en #CiudadVieja y pasó por mi trabajo a saludar, porque le quedaba de camino.

Ella ya tiene cuenta regresiva para volver a su país, y cada vez tiene más arrugado el corazón, más lágrimas previas de añoranza y más acento uruguayo, por las dudas a su cabeza se le ocurre olvidarse del paisito del Sur.

Ella nació entre montañas, igual que yo, pero ambas concordamos en que no podemos vivir lejos del mar, no ahora que ya conocemos lo que se siente. Obvio que nos hacen falta, porque entre tanta planicie una se pierde de inmensidad y es necesario tener un punto de fuga alto, que nos cuide

¿Por qué pasará eso?, le pregunto.

Y me dice: Yo creo que la montaña abraza o contiene y el mar como que desprende o desahoga. Quizás por eso es que los uruguayos tienen otra forma de ver la vida, tan desapegada; quizás por eso tienen la taza más alta de suicidio en Latinoamérica, porque no tienen quien los abrace, a todos…

Me encantan las montañas, me dijo, pero mi casa está junto al mar y, cuando quiera que alguien me abrace prefiero moverme e ir a verlas, porque el desahogo, a veces, es más complicado de soltar.

Texto publicado en Medium en Julio de 2018.

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