Viajar y escribir puede ser mucho más barato de lo que crees.

Pasé la infancia escuchando a mi padre diciéndome que, cada vez que estuviera en la calle y me sintiera perdida, mirara para arriba y detectara algún edificio, alguna iglesia, una montaña o una señal de Metro que me diera un norte para volver a casa.

Él sostenía que esa era la forma de ser turista y evitar un robo por tener cara perdida. Por eso, me invitaba a prestar atención, a conocer las calles, buscar puntos conocidos, andar…

Caminar… Sobre todo, caminar.

Para él, esa era la forma de conocer lugares y encontrar de nuevo el camino a casa.

“Cuando te sientas perdida en algún lugar, mira hacia arriba”

Papá

Hacer el amor con tu ciudad” 

Mi padre tenía razón, hay que mirar para arriba… Pero no solo cuando somos turistas.

¿Qué pasaría si tuviéramos cara de turista en nuestro lugar de origen?

Hacer el amor con la ciudad, es una forma de valorar el lugar en el que estamos y devolverle todo lo que ha hecho por nosotros.

Es entregarlo todo: el cuerpo, el espíritu, la vulnerabilidad, las ganas, los miedos… Estar expuesta.


Para viajar [no siempre] hay que salir del país.

Solo les turistas pueden ver la belleza de las ciudades; solo ellos perciben la bondad de nuestros entornos, la majestuosidad de los paisajes; solo ellos le prestan atención, observan, acarician y pueden ver el potencial de los lugares que, para nosotros, son invisibles.

Ahora, nos toca a los residentes

Taller de escritura de viajes.

Conozco muchas personas que escriben diarios sobre sus viajes, pero:

¿Alguna vez escribieron diarios sobre la ciudad/barrio/ espacio en el que crecieron o estuvieron toda la vida?

¿Se dieron cuenta de lo que hay a su alrededor?

¿Cómo son tus vecinos?

¿Cuántos escalones tiene el faro?

¿A qué huele?

***

#ConfiesoQue Antes de decir “gire a la derecha o izquierda”, tengo que chistar los dedos para detectar qué lado es el correcto, aunque sea en mi mente… Menos mal que, después de la temporada de pelusas en primavera (tremendo título para una película), una ya deja de ver a los lados y comienza a comienza a mirar hacia arriba a ver si los árboles de las calles de Palermo nos arropan.

No investigo a qué hora es el atardecer, pero sí puedo distinguir ese amarillo terracota cansado, tenue, que avisa que el sol que ya está por terminar la jornada.

El cielo uruguayo tiene un don especial en saturación y contrastes, ¿será por eso que quienes vienen a conocer el país, se enamoran?

Desde el tercer banquito de La Rambla que empieza en la calle Ciudadela, por la entrada de la curva, la caída del sol se ve perfecta en el verano y se puede visualizar toda la secuencia: las luces encendiéndose en los edificios aledaños, la nitidez de los focos de los autos que van dirección Parque Rodó, el eco del viento que comienza a levantarse, las personas que van a ver el atardecer en manada… Bajan con las reposeras, el mate, la merienda.

Y, mientras los deportistas aprovechan para hacer su rutina diaria, el sol entrevera los amarillos y naranjas, expone tonos rojizos, asoma violetas santísimos y dorados en el borde de las nubes que reflectan los rayos del sol… Luego entra la sinfonía de azules y, si tienes suerte, la raya verde de Cortázar.

Así se da inicio a película de la noche.

En otoño, el atardecer es más temprano, así que justo después de despedir al sol, el frío ya empieza a levantarse y, por suerte comienza el taller de escritura 19.30 h donde te esperaré con té, café y algo para merendar. Mientras escribimos sobre las maravillas de Uruguay. Estás a un clic de poder ser parte.

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