Un día, me fui a estudiar inglés a Trinidad y Tobago y no me llevé secador… Por fin, después de mucho tiempo, disfruté de la libertad de tener el cabello suelto y libre.

Antes de viajar, me alisaba el cabello. Corría ante la presencia de una nube gris y me escapaba de los juegos que involucraban “agua”. El olor a humedad ya me ponía nerviosa.

Semanalmente, guardaba 2 horas-o más- de mi tiempo para garantizar el alisado, me alisaba todos los días el flequillo (pollina) y las idas a la playa involucraban crema extra hibratante para “aplacar” el pelo.

Si no quedaba bien liso, era motivo de rabietas. Y ya se me podía arruinar el día.

Sí, el cabello podía arruinarme el día.

La emancipación 

Por supuesto que no me sorprendió ver negros tintos, violetas y azulados en la isla, mis antepasados eran esclavos, negros, de Martinica, así que andaba en mi salsa, casi entre familia.

Un día tuve el placer de vivir el “Emancipation day“. Un festivo nacional que conmemora el fin de la esclavitud británica (1838). Una procesión multitudinaria con trajes africanos que festejan, entre danzas, cantos, fuego y otras actividades culturales, la libertad.

De acuerdo con Discover TnT, Trinidad & Tobago fue “el primer país del mundo en declarar “El Día de Emancipación” como un feriado nacional.

Me acuerdo como si fuera ayer que quedé boquiabierta ante tanto color, danza y canto. Turbantes de todo tipo, vestidos con texturas, tramas y decorados infinitos, mandíbulas gruesas, cabellos duros, pieles fuertes, dientes blancos, pies descalzos y caderas sonando al toque de los tambores.

Estaba precenciando una fuerza extraordinaria, nunca había visto tanto orgullo a la raza, a la cultura, al orgullo de SER, a la tradición ancestral de una población que, a pesar de ser la mayóría, no es precisamente la más favorecida en el país.

Les suena la historia, ¿no?

“Sinay, se va hoy como una persona,-no llores- y regresará siendo alguien totalmente distinto”. Dijo mi padre a mi madre antes de que entrar a la puerta de embarque.

Sentimiento

Cuando volví a Venezuela, algo dentro de mí resonaba, sin que yo me diera cuenta. Había vuelto, como decía mi padre, siento alguien totalmente diferente.

Al tiempo, vi un pañuelo de mi madre y, sin tener a nadie que me enseñara, como si lo trajera en la sangre, me hice un turbante ¡mi primer turbante! y salí a la universidad.

Decir que la gente se me quedaba viendo era poco.

“Te pareces a Piedad Córdoba”, me dijeron por ahí.

Algunos solo veían, anonadados, otros se acomodaban a un lado, como alejándose de alguna brujería, con miedo; y el resto cuchucheaba entre risas.

A partir de ese momento, lo implanté como nueva parte de mí.

Al llegar a Uruguay, ya no eran risas, sino sorpresa. La gente del sur que ven un negro cada tanto.

¡Ah!, pero en carnaval, una negra les parece de lo más exótica y divertida.

En Brasil, se lleva como acto de presencia, de rebeldía y honra del lugar de donde venimos. Es parte de la tradición, conocen la historia de los esclavos, conocen de dónde vienen y por qué están ahí en la costa, mientras tocan el tambor.

Yo, partí de la necesidad, la honra llegó después, cuando comencé a leer más sobre la negritud.

¿Y de qué te vas a disfrazar? De negra, dicen mientras se ponen un turbante.

Mi turbante

Mi turbante es un ritual que guardo para los momentos en que algo de mí, de mi alma, emerge con necesidad de ser exteriorizado. Es un recordatorio del lugar de donde vengo y también al lugar adonde voy, porque donde huelo “dudas”, me ato cualquier trapo en el cabello y salgo a la calle.

Es mi protesta silenciosa. Por las duda a alguien se le olvida que el movimiento negro existe, que vive, que suena entre cueros y cantos de rebelión y que no tenemos “cabello malo”, como se dice comúnmente en Venezuela.

Mi turbante tú lo usas de carnaval, como burla, como una “rareza”. Yo lo uso como protesta y recordatorio de que los negros estamos más presentes que nunca, o tan vivos como siempre.

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